EDITORIAL
El
verano de 2005 nos dábamos cita en reuniones que se
perfi laban interminables. Entre 20 y 25 jóvenes independentistas,
provenientes de distintas organizaciones o de ninguna, intercambiábamos
o p i n i o n e s , conocimientos, estrategias, con la euforia
de quien sopesa en sus manos la Historia. Sentados y sentadas
en el piso o sobre asientos improvisados, invadimos las salitas
denuestros compañeros y compañeras mientras
nuestros niños e infantes revolcaban con sus risas
la masa de la inacción, que se nos iba haciendo cada
vez más insoportable. En aquellas reuniones, no obstante,
se gestó
el colectivo inicial de La Nueva Escuela y además tomaron
forma el compañerismo, la tolerancia y el espíritu
igualitario y unitario que hoy nos caracteriza.
Este último
año hemos visto y experimentado múltiples crisis.
Hemos observado una y otra vez cómo el pueblo puertorriqueño
ha respondido a ellas, pero muchas veces sin dirección
clara o sin el conocimiento imprescindible que lograría
darle sentido y continuidad a sus luchas. Hemos notado cómo
vuelve a subrayarse la opinión, superficial pero generalizada,
de que somos un pueblo pobre, insuficiente e incorregible.
Lamentablemente, la mayoría de las y los puertorriqueños
no cuenta con los argumentos a mano para rebatir la cantaleta
de nuestra supuestamente despreciable condición. Mucho
menos pueden explicarse a sí mismos y a quienes les
rodean de dónde surge y cómo se sostiene esa
visión de la puertorriqueñidad y más
aun, por qué y cómo cambiarla. Explicar, por
ejemplo, cómo se va pareciendo cada vez más
nuestra sociedad a aquellas que tanto criticamos porque unos
pocos tienen todos los privilegios y al resto de la gente
se le hace más cuesta arriba apenas sobrevivir. O
imaginar hasta qué punto somos capaces de sostenernos
y crecer.
Sin
embargo, en ese mismo año La Nueva Escuela ha comenzado
a compartir con diversas comunidades de nuestra patria. Hemos
bailado la bomba, el aguinaldo y el hip-hop, hemos mirado
y discutido con ellas documentales, películas, documentos,
en los que se les ha ido revelando la Historia puertorriqueña
que nos niega el sistema, hemos charlado sobre nuestros derechos,
los vigentes y los robados, hemos ido aprendiendo a organizar
y a organizarnos para luchar por la independencia. También
hemos creado vehículos de expresión, en papel,
en las paredes de nuestra Isla, en el espacio cibernético.
Y nos estamos reuniendo constantemente para instruirnos sobre
los temas que nuestra gente ya quiere conocer, más
allá de la sistemática mentira y apariencia
diaria.
Pero
sobre todo, hemos tenido la alegría de ver los ojos
que se iluminan de curiosidad, que comienzan a cuestionar,
a querer saber más, a confirmar lo que intuían,
a despertar. Hemos tenido la dicha, además, de conocer
en persona, y trabajar junto a ellas, a aquellos y aquellas
puertorriqueñas cuyas vidas, en sí mismas,
son argumentos contra la visión fatalista de una patria
perdida, contra la visión cínica de una patria
rendida. Sabemos que nos faltan por conocer muchas más.
Y lo haremos. Por eso hoy reafirmamos nuestro compromiso
de educar para una nueva patria. Lucharemos junto a nuestro
pueblo, que caminará hacia su liberación, deseándola
a conciencia y también con todo el corazón.
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